Educación y Escolarización
En el lenguaje cotidiano, educación y escuela suelen utilizarse como si fueran términos equivalentes. Decimos que un niño “recibe educación” cuando asiste a clases, que una persona “terminó su educación” cuando obtuvo un título o que alguien “no estudió” cuando no completó su escolaridad.
Esta forma de hablar parece natural porque, durante varias generaciones, la escuela fue la institución encargada de organizar gran parte de la educación infantil. Sin embargo, la asociación entre ambos conceptos oculta el hecho de que la educación es un proceso humano, mientras que la escuela es una forma institucional de organizar una parte de ese proceso.
Distinguirlas no implica negar la contribución de la escuela. Permite comprender que asistir a una institución no garantiza, por sí mismo, que exista aprendizaje y que aprender fuera de ella no equivale a carecer de educación.
La educación precede a la escuela
La capacidad humana de aprender, enseñar y transmitir cultura apareció mucho antes que cualquier sistema escolar. El lenguaje, la fabricación de herramientas, el conocimiento del entorno, las normas de convivencia y las formas de cooperación tuvieron que ser aprendidos y transmitidos durante miles de generaciones sin aulas, programas, calificaciones ni división por grados.
La antropología del aprendizaje permite observar algunos de esos procesos en comunidades cazadoras-recolectoras contemporáneas. Una revisión publicada en 2017 por Sheina Lew-Levy y otros investigadores analizó 58 estudios sobre la adquisición infantil de habilidades de subsistencia. Encontró que los niños comienzan a participar desde edades tempranas en actividades reales, acompañan a los adultos, observan a personas más experimentadas, practican mediante el juego y reciben orientación cuando una habilidad resulta particularmente compleja.
La investigación no sostiene que toda enseñanza sea espontánea ni que los adultos nunca instruyan de manera directa. Muestra algo más relevante: el aprendizaje humano puede organizarse mediante una combinación de observación, participación, práctica, imitación, juego, colaboración y enseñanza, sin adoptar necesariamente la estructura escolar.
Estos estudios tampoco ofrecen un modelo que pueda trasladarse sin más a las sociedades actuales. Las comunidades pequeñas no enfrentan las mismas necesidades culturales, científicas y tecnológicas que una sociedad compleja. Su importancia reside en demostrar que la escuela no es una condición biológica del aprendizaje ni una consecuencia inevitable de la naturaleza humana. Es una construcción social destinada a organizar ciertos aprendizajes bajo determinadas condiciones históricas.
La escolarización es una forma de organización
La escuela reúne elementos que hoy parecen inseparables de la educación: un espacio específico, horarios establecidos, agrupamiento por edades, programas comunes, docentes profesionales, evaluaciones y certificaciones.
Pero esos elementos pertenecen al diseño institucional de la escolarización, no a la definición del aprendizaje.
Aprender supone algún tipo de cambio relativamente duradero: adquirir una capacidad, modificar una comprensión, desarrollar un criterio, perfeccionar una habilidad o poder actuar de una manera que antes no era posible. Ese cambio puede ocurrir en una escuela, pero también durante una investigación personal, la realización de un proyecto, una conversación, una práctica artística, una actividad laboral, una experiencia comunitaria o la resolución de un problema concreto.
La escuela puede facilitar esos procesos al proporcionar conocimientos sistematizados, especialistas, recursos, continuidad y acceso a una tradición cultural amplia. Sin embargo, también puede existir escolarización sin aprendizaje significativo. Un estudiante puede asistir, completar tareas, aprobar exámenes y olvidar poco después gran parte de lo estudiado. En ese caso se cumplieron los procedimientos escolares, pero no necesariamente se produjo una transformación estable en su comprensión o en su capacidad de actuar.
También puede ocurrir lo contrario: una persona puede desarrollar conocimientos complejos fuera de una institución y no disponer de un certificado que los reconozca. La ausencia de acreditación no significa ausencia de aprendizaje; significa que ese aprendizaje no fue validado por el sistema formal.
Tres contextos, no tres tipos de mente
Para describir esta realidad, la UNESCO diferencia actualmente tres modalidades: aprendizaje formal, no formal e informal.
El aprendizaje formal está institucionalizado, sigue una estructura reconocida y suele conducir a titulaciones oficiales. Es el que normalmente se desarrolla en escuelas, institutos y universidades.
El aprendizaje no formal también es intencional y organizado, pero funciona como alternativa o complemento del sistema formal y no necesariamente entrega una titulación reconocida. Aquí pueden ubicarse numerosos cursos, talleres, programas comunitarios y espacios de formación específica.
El aprendizaje informal no está institucionalizado. Puede surgir de actividades autodirigidas o de experiencias familiares, laborales, comunitarias y sociales. Incluye, por ejemplo, aprender a utilizar una herramienta mediante la práctica, desarrollar una habilidad con ayuda de otra persona o investigar un tema por iniciativa propia.
Esta clasificación no sostiene que las tres modalidades tengan siempre la misma calidad ni que cualquier experiencia produzca un aprendizaje valioso. Su función es reconocer que el lugar y la estructura donde se aprende no determinan por sí solos la existencia, la profundidad o la utilidad del aprendizaje.
La OCDE llegó a una conclusión semejante al estudiar las políticas de reconocimiento del aprendizaje no formal e informal en 22 países. Su informe de 2010 señaló que una cantidad considerable de aprendizaje valioso ocurre deliberadamente o como parte de la vida cotidiana fuera de los entornos formales. El problema institucional no era determinar si esas personas habían asistido a clases, sino cómo identificar y validar las competencias que realmente habían adquirido.
La existencia de sistemas de reconocimiento de saberes previos confirma una diferencia decisiva: aprender y acreditar son procesos relacionados, pero no idénticos. La institución certifica aquello que puede comprobar mediante sus procedimientos; no crea retrospectivamente el aprendizaje que la persona ya posee.
Educación obligatoria y asistencia escolar
Una de las creencias más extendidas sostiene que el derecho a la educación significa necesariamente la obligación de concurrir a una escuela convencional. La cuestión jurídica es más precisa.
La Convención sobre los Derechos del Niño establece que los Estados deben reconocer el derecho del niño a la educación y hacer que la educación primaria sea obligatoria y gratuita. Otros instrumentos internacionales utilizan una formulación semejante. Además, asignan a los Estados la responsabilidad de garantizar disponibilidad, acceso, calidad y condiciones mínimas.
Esto no permite afirmar que en todos los países exista una libertad irrestricta para reemplazar la escuela por cualquier alternativa. Las normas concretas varían: algunas jurisdicciones exigen asistencia a establecimientos reconocidos; otras admiten educación en el hogar u otras modalidades sujetas a supervisión, evaluación o estándares mínimos.
Por lo tanto, deben distinguirse tres planos:
• el derecho de toda persona a recibir educación;
• la obligación del Estado de garantizarla;
• la modalidad legal mediante la cual cada jurisdicción exige su cumplimiento.
Confundir estos planos lleva a presentar una solución institucional determinada como si fuera la definición universal de educación. La escolaridad obligatoria es una decisión normativa mediante la cual los Estados procuran proteger el acceso educativo de la infancia. Sin embargo, no demuestra que el aprendizaje solo pueda producirse dentro de una escuela.
También es necesario evitar el error inverso: reconocer que se aprende fuera de la escuela no elimina la responsabilidad de asegurar que todos los niños accedan a conocimientos, experiencias, vínculos y oportunidades suficientes. Una alternativa educativa no adquiere calidad simplemente por ser distinta de la escolarización convencional.
El monopolio simbólico de la escuela
La escuela no solo organizó la enseñanza. Durante mucho tiempo concentró varias funciones sociales: acceso a libros y conocimientos especializados, encuentro con adultos formados, socialización entre pares, evaluación, certificación y conexión con estudios superiores o empleos.
Esa concentración ayudó a instalar la idea de que todo aprendizaje relevante debía pasar por ella. Lo aprendido fuera de sus programas podía ser útil, pero tendía a considerarse secundario; lo aprendido dentro de ellos adquiría legitimidad mediante notas, diplomas y títulos.
Actualmente, esas funciones ya no se encuentran necesariamente reunidas en una sola institución. El conocimiento puede consultarse en múltiples soportes; es posible aprender con especialistas a distancia, participar en comunidades internacionales, desarrollar proyectos con otras personas y construir recorridos formativos mediante distintos proveedores.
Sin embargo, disponer de información no equivale a educarse. La abundancia digital también expone a errores, superficialidad, desinformación y fragmentación. Por eso, la pérdida del monopolio escolar no elimina la necesidad de acompañamiento, criterios de calidad, orientación adulta, interacción social y acceso sistemático al conocimiento. Lo que modifica es la idea de que todos esos elementos deban provenir de un único formato institucional.
El aprendizaje como criterio
La diferencia entre escuela y educación permite cambiar la pregunta central. En lugar de evaluar una propuesta únicamente por cuánto se parece a una escuela, es posible analizar qué oportunidades concretas ofrece para aprender y desarrollarse.
Esto exige observar, entre otros aspectos, si la persona:
• accede a conocimientos rigurosos y diversos;
• puede comprenderlos y relacionarlos;
• practica y recibe retroalimentación;
• desarrolla autonomía sin quedar abandonada a sus propios recursos;
• participa en actividades con sentido;
• interactúa con personas de diferentes edades y experiencias;
• puede demostrar lo aprendido en contextos nuevos;
• encuentra acompañamiento cuando aparecen dificultades.
Estos criterios, que forman la columna vertebral de un proceso de aprendizaje, pueden aplicarse tanto a una escuela como a la educación en el hogar, una microescuela, una comunidad de aprendizaje o un modelo híbrido. Ningún formato garantiza automáticamente buenos resultados. La diferencia está en las condiciones que crea, en la calidad de las experiencias y en los aprendizajes que efectivamente permite construir.
Más allá de la equivalencia
La escuela ha sido una herramienta histórica de enorme importancia para extender la alfabetización, sistematizar conocimientos y ampliar el acceso educativo. Pero de esa contribución no se desprende que escuela y educación sean equivalentes.
La investigación antropológica muestra que los seres humanos aprenden mediante múltiples formas de participación y transmisión cultural. Los organismos internacionales reconocen modalidades formales, no formales e informales. Los sistemas de validación de competencias aceptan que una persona puede saber sin haber cursado el trayecto institucional correspondiente. Incluso el marco jurídico distingue, aunque con regulaciones diferentes en cada país, entre el derecho a la educación y las formas concretas de garantizarlo.
La conclusión no es que la escuela deba desaparecer ni que cualquier alternativa sea adecuada. Es más precisa: la escuela es uno de los medios posibles para educar, mientras que la educación comprende el conjunto más amplio de procesos mediante los cuales las personas aprenden, se desarrollan y participan en la cultura.
Comprender esta diferencia es el primer paso para evaluar cualquier modelo educativo por aquello que realmente importa: no su semejanza con la institución conocida, sino su capacidad para hacer posible un aprendizaje profundo, amplio y significativo.