APRENDIZAJE DE CALIDAD

Límites del Sistema Educativo

Límites del Sistema Educativo

Cuando se habla sobre educación suele asumirse que la organización actual de la escuela es consecuencia natural de cómo aprenden las personas. Aulas con alumnos de la misma edad, un docente frente al grupo, horarios fijos, asignaturas separadas, programas idénticos para todos, exámenes y promoción por cursos forman parte de una estructura tan familiar que rara vez se cuestiona su origen.

Sin embargo, ninguna de estas características surge de investigaciones sobre el aprendizaje humano. Son el resultado de un proceso histórico mediante el cual distintas sociedades intentaron resolver problemas sociales, políticos y económicos muy concretos.

Comprender esta diferencia es importante porque permite distinguir entre cómo está organizada la escuela y cómo aprenden realmente las personas. Una institución para un nuevo tipo de sociedad

Si bien las escuelas existen desde la Antigüedad, el modelo escolar que hoy conocemos comenzó a consolidarse entre los siglos XVIII y XIX.

Europa atravesaba profundas transformaciones. La Revolución Industrial modificaba la organización del trabajo, los Estados nacionales necesitaban fortalecer su administración y millones de personas comenzaban a incorporarse a sociedades cada vez más complejas.

En ese contexto aparecieron desafíos inéditos: alfabetizar a poblaciones enteras, enseñar una lengua común, transmitir conocimientos básicos, formar funcionarios, integrar inmigrantes y construir una identidad nacional compartida.

La escolarización masiva fue una respuesta a esos desafíos.

No nació para explicar cómo aprende el cerebro ni para optimizar el desarrollo individual de cada estudiante. Su principal objetivo era crear un sistema capaz de educar simultáneamente a grandes cantidades de personas bajo criterios relativamente uniformes.

Ese objetivo explica muchas de las características que todavía conserva la escuela.

¿Por qué la escuela está organizada de esa manera?

Al observar la escuela desde una perspectiva histórica resulta evidente que muchas de sus estructuras responden a necesidades organizativas:

• Agrupar estudiantes por edad simplifica la planificación.
• Definir programas comunes permite garantizar determinados contenidos mínimos.
• Dividir el conocimiento en asignaturas facilita la especialización docente.
• Trabajar con horarios fijos permite coordinar miles de alumnos y cientos de profesores dentro de una misma institución.
• Los exámenes y las calificaciones ayudan a administrar el avance de grupos numerosos.

Estas decisiones de organización, en su conjunto, fueron diseñadas para hacer funcionar un sistema complejo. Con el tiempo, esa organización terminó naturalizándose hasta el punto de que muchas personas comenzaron a pensar que esas estructuras eran inherentes al aprendizaje mismo.

Cuando el medio se confunde con el fin

Existe una diferencia importante entre diseñar un sistema educativo y comprender el aprendizaje humano.

Un hospital también posee horarios, protocolos, formularios, salas de espera y procedimientos administrativos. Sin embargo, nadie supondría que esos elementos forman parte del proceso biológico mediante el cual una herida cicatriza.

Del mismo modo, muchas características de la escuela pertenecen al funcionamiento de la institución y no al aprendizaje en sí. Aprender no requiere necesariamente avanzar al mismo ritmo que otras treinta personas, estudiar un contenido únicamente porque corresponde a determinada edad o interrumpir una investigación porque terminó el horario de clase.

Esas condiciones pueden ser útiles para administrar una institución, pero no describen las condiciones universales bajo las cuales ocurre el aprendizaje.

Lo que muestran las ciencias del aprendizaje

Durante las últimas décadas surgió un campo interdisciplinario conocido como Learning Sciences o ciencias del aprendizaje.

A diferencia de las pedagogías tradicionales, este campo no intenta proponer un modelo escolar determinado. Su objetivo consiste en comprender cómo aprenden las personas integrando conocimientos provenientes de la psicología cognitiva, la neurociencia, la lingüística, la informática, la antropología, la sociología y otras disciplinas.

Uno de sus principales aportes ha sido mostrar que el aprendizaje depende de numerosos factores: los conocimientos previos, la motivación, la práctica deliberada, la retroalimentación, el contexto, la interacción social, la resolución de problemas, la construcción de significado y el tiempo dedicado a consolidar nuevas habilidades.

Ninguno de estos principios exige una organización escolar específica.

Esto no significa que la escuela no pueda favorecerlos. Significa que pueden desarrollarse de múltiples maneras y en contextos muy diferentes. Por esa razón, en las últimas décadas comenzaron a aparecer propuestas educativas que reorganizan tiempos, espacios, agrupamientos y formas de enseñar sin abandonar necesariamente el sistema escolar.

Una institución histórica en un contexto diferente

Durante buena parte del siglo XX la escuela cumplió funciones que ninguna otra institución podía ofrecer simultáneamente.

Era el principal lugar para acceder a libros, laboratorios, especialistas y conocimientos organizados.

También era uno de los pocos espacios donde niños y jóvenes podían convivir diariamente con personas de diferentes familias y acceder a estudios superiores mediante certificaciones reconocidas.

Muchas de esas funciones siguen siendo valiosas.

Sin embargo, otras comenzaron a modificarse con la expansión de Internet, el acceso masivo a la información, el aprendizaje en línea, las comunidades digitales y nuevas formas de certificación.

Esto obliga a preguntarse si una estructura diseñada hace más de un siglo continúa siendo la mejor respuesta para todas las personas y para todas las formas de aprender.

Comprender el propósito

El propósito del sistema educativo moderno, desde sus inicioes en el modelo educativo prusiano, parte del principio de que existe una única forma correcta de organizar la educación. Sin embargo, la evidencia histórica muestra algo distinto.

La escuela moderna fue una solución extraordinariamente eficaz para responder a determinadas necesidades de su época. Su enorme expansión demuestra precisamente ese éxito. Pero una institución puede haber sido adecuada para un contexto histórico y, al mismo tiempo, necesitar transformarse cuando cambian las condiciones sociales, culturales y tecnológicas.

Comprender el origen de la escuela permite analizar esa transformación con mayor objetividad.

La pregunta a considerar debería ser, entonces: ¿qué aspectos del sistema educativo responden principalmente a necesidades administrativas que hoy podrían resolverse de otras maneras?

Responder esa pregunta constituye uno de los mayores desafíos de la educación contemporánea.

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